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Los poderes mágicos de los limones

¡Feliz comienzo de semana concienzudXs!

¿Cómo va ese verano? Esperamos que lo estéis aprovechando al máximo 😉

En estas fechas, con el calorcito, hay pocas cosas que sienten tan bien como un granizado de limón o una limonada, lo que me ha hecho pensar en los limones. Desde que tengo uso de razón, en mi casa hemos usado los limones para múltiples cosas, como dar sabor al pollo, un toque diferente a las ensaladas, acompañando con una rodaja a un refresco o un vermut, para hacer una limonada estupenda o, cómo no, para hacer experimentos de si flotan o no flotan las rodajas de limón. Sin embargo… a veces tengo la sensación de que los limones son un fruto tan común en nuestra cultura no les prestamos suficiente atención, porque… ¿quién no ha encontrado alguna vez al fondo de su nevera un limón (o parte de un limón) arrugado como una pasa, con la piel dura como una piedra?

No creo que os lo hayáis planteado hasta ahora, pero ¡realmente los limones son muy polivalentes!
Más allá de dar sabor o enmascarar sabores amargos, sirven, por ejemplo, para escribir mensajes secretos en una hoja de papel, algo que los niños (y no tan niños) encuentran fascinante.
Sin embargo, hoy vamos a hablar de otra de las propiedades “mágicas” de los limones que resulta de especial utilidad en verano. Y es que… ¿sabíais que si esparcís zumo de limón sobre la fruta cortada o las ensaladas se evita que se queden blandengues y marrones?

Los más observadores ya os habréis fijado en esto, pero ¿sabéis por qué sucede?
Cuando cortamos una fruta o una verdura, al separarla en trozos más o menos uniformes, cortamos todas las membranas de todas las células que hay en esa zona, de manera que las vacuolas y los plastidios (compartimentos de almacenaje de las células vegetales) “explotan” y liberan su contenido al medio. Entre los compuestos que se encuentran almacenados en estos compartimentos podemos encontrar unas enzimas llamadas “fenol oxidasas”, que lo que hacen es “oxidar fenoles”, como su mismo nombre indica 😛
Las enzimas son proteínas que hacen que una reacción química sea posible. Para esto las enzimas actúan sobre unas moléculas específicas (llamadas “sutratos”) que van a convertir en una molécula diferente (lo que vamos a llamar “producto”). Para que esta reacción química tenga lugar, además de tener el sustrato y el enzima disponibles, es necesario que haya unas condiciones óptimas de pH y disponibilidad de oxígeno (algunas enzimas necesitan oxígeno y otras necesitan justo lo contrario).
Traducido para mortales: cuando cortamos la fruta o la verdura, estas enzimas se liberan, tienen oxígeno disponible (como es el caso de la zona cortada, que de repente se encuentra expuesta al oxígeno atmosférico) y además entran en contacto con los fenoles liberados de las vacuolas, se produce una reacción que hace que esa zona se quede marrón.
Este proceso está “evolutivamente pensado” para que en el caso de que un fruto esté un poco dañado se ponga marrón y resulte menos “apetecible” para insectos, pájaros y otros predadores, de manera que la planta o el árbol no pierden el fruto y pueden continuar con su ciclo reproductivo normal. El problema es que a nosotros también nos resulta menos apetecible (además de saber un poco raro y el cambio de la textura).

¿Y qué pueden hacer los limones para evitar esto?
Pues bien, hay dos compuestos que pueden parar la actividad de las fenol oxidasas: la vitamina C y el ácido cítrico.
La vitamina C es un antioxidante biológico con el que reacciona la fenol oxidasa, pero que da un producto transparente en vez de marrón, lo que hace que la fruta siga del mismo color que cuando la cortamos. El ácido cítrico actúa con una “estrategia” diferente. Como su nombre indica: es ácido, es decir, tiene un pH muy bajo, lo que evita que la enzima pueda realizar su actividad de una manera normal y realentiza o para totalmente el proceso de oxidación.
Y ambos se encuentran en grandes cantidades en los limones (para que os hagáis una idea, el zumo de limón tiene 50 veces más vitamina C que las peras o las manzanas).

Interesante, ¿no?
¡Feliz semana!

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EL CLIMA Y LOS ESTADOS DE ÁNIMO

Después de unos días de vacaciones y de desconexión es fácil que nos sintamos un poco decaídos, pero que no cunda el pánico, porque ahora que el buen tiempo va llegando, a pesar de que los días de fiesta  ya son historia, nuestro humor va a ir mejorando. ¿A quién no le alegra el alma despertarse por la mañana, abrir la persiana y ver el sol brillando?

Toda esta alegría relacionada con el cielo azul y el sol tiene una base científica, sí, sí, el clima afecta a los estados de ánimo, pero creo que eso ya lo habíamos notado todos.

Los días grises, de lluvia, con poca luz, es decir, los días de invierno, la frase que más se oye es “hoy es día de sofá, manta y peli”. Pero en cambio, cuando el tiempo cambia y sale un sol radiante, nos falta tiempo para decir “hoy es día de playa/terraza/caña/paseo (etc…)” y cambiar nuestros planes.

Numerosos estudios han tratado de relacionar la presencia de cambios psicopatológicos con los cambios climáticos, centrándose en la influencia meteorológica en la dinámica funcional de los neurotransmisores cerebrales, lo  que supondría que, al margen de elementos subjetivos, existe una realidad  biológica. Este enfoque, ha llevado al concepto de meteorotropismo, definido como aquellas enfermedades con perfiles concretos, síntomas y síndromes derivados del efecto de los diferentes estados atmosféricos.

 

Múltiples estudios han mostrado estas evidencias analizando de forma individual cada uno de estos factores del tiempo:

-En cuanto a la temperatura: se ha relacionado una asociación entre las bajas temperaturas y el desarrollo de cuadros depresivos.

Así mismo, se sabe también que el calor y el sol nos transmiten buen humor y eso hace que estemos con un estado anímico más agradable, que estemos más receptivos con los demás, más sonrientes, etc. Se ha demostrado que las temperaturas cálidas y las horas de sol, bajan los niveles de ansiedad y aumentan el pensamiento positivo.

-En lo que respecta a la humedad ambiental: se ha observado un incremento del número de visitas a servicios de urgencias en hospitales psiquiátricos durante los días secos.

Mucha humedad dificultaría la concentración y aumentaría la fatiga.

-Referido a la  presión atmosférica: se demuestra un aumento de los actos de violencia y urgencias psiquiátricas durante los días de bajas presiones atmosféricas. Asimismo, se relacionan las altas presiones con patrones de sueño continuados.

-En relación a la radiación solar: se evidencia un aumento de los ingresos de urgencias en los días con más horas de sol, siendo la estación del año predominante el verano.

Esto explicaría por qué en determinados casos el exceso de calor nos vuelve más violentos y agresivos. Solo hace falta recordar esos días de verano tan calurosos, en los que es imposible salir de casa, o dormir por las noches. ¿Quién puede estar de buen humor así?

Unido a todos estos factores relacionados con el clima, también se han observado patrones estacionales en gran cantidad de patologías psiquiátricas, como es el caso de la manía, los cuadros depresivos, la esquizofrenia, trastornos del sueño y cuadros neuróticos, trastornos de estrés y adaptación. Serían los llamados Trastorno afectivo estacional (TAE).

Todo esto no quiere decir que nos tenemos que excusar en el clima, pero que sí somos seres que vivimos en un entorno concreto y los factores externos nos afectan como al resto de los seres vivos.

La primavera, la sangre altera

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