Alimentación

Ya sabemos que el agua no se convierte en vino. ¿Pero se puede convertir la grasa en agua?


Todos hemos oído hablar de la milagrosa transformación de agua en vino (y muchos más han soñado con repetirla), o de la infatigable búsqueda de los alquimistas intentando convertir el plomo en oro. Estos son sólo algunos intentos (infructuosos hasta el momento) de obtener bienes valiosos a partir de lo que nos sobra.

Y ¿qué nos sobra hoy en día? Kilos, sin duda nos sobran kilos. En una sociedad en la que cada vez hay mayor incidencia de sobrepeso y obesidad (16.7% de la población española en 2017, según la OCDE), y a la vez una mayor obsesión con la forma física, muchos pensarán que sería genial poder convertir esa grasa, esos kilos de más, en algo como agua. Pero esto no sería ningún milagro, esto es algo que ocurre actualmente en nuestro organismo y que para algunas especies supone una importante adaptación a su ambiente.

Nuestro organismo almacena grasas en células especializadas (llamadas adipocitos), principalmente con una función de reserva energética, listas para ser movilizadas y utilizadas en épocas de escasez o ayuno prolongado. Para poder obtener energía a través de ellas es necesario que pasen por una serie de procesos metabólicos (activación, beta-oxidación, ciclo de Krebs y fosforilación oxidativa). A lo largo de estos procesos se genera una cantidad importante de agua, de hecho, partiendo de un kilo de ácido palmítico (una de las grasas saturadas más comunes), se generan aproximadamente 8 litros de agua, que recibe el nombre de “agua metabólica”.

En especies como la nuestra, adaptadas a una alimentación e hidratación  frecuentes, el agua generada a partir de este proceso no resulta vital. Sin embargo, en otras especies no ocurre lo mismo.

Algunos de estos animales son los dromedarios y los camellos, habitantes por excelencia de áreas desérticas. Muchos hemos pensado alguna vez que las jorobas de camellos y dromedarios están llenas de agua, y que es gracias a ello que pueden resistir tanto tiempo sin beber, pero eso no es así. Aunque estos animales son capaces de beber grandes cantidades  de agua cuando se encuentra disponible, no la almacenan en las jorobas, sino en su abdomen. Estas protuberancias son reservas de grasa que tienen la función principal de aportar energía durante largas temporadas sin comer (hasta 10 días), a la vez que suponen una importante fuente de líquidos.

Esto es un buen ejemplo de cómo nuestro organismo nos sorprende realizando transformaciones mucho más increíbles y vitales que la del agua en vino.

 

 

 

 

 

 

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