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BIOHAZARD

Ya en los años 90 películas como “12 monos” o “Estallido” nos mostraron a modo de ciencia-ficción una posible situación de epidemias por agentes biológicos propagados de forma intencionada a modo de armas biológicas. Pero su utilización a escala global ya no es hoy en día, una amenaza teórica o de ciencia ficción, sino una realidad cuyo potencial destructivo es extremadamente elevado. Entre los agentes que debemos poder reconocer como potenciales agentes de bioterrorismo, además del bacilo de ántrax se encuentran la infección por Yersinia pestis (plaga o peste), la Variola mayor (viruela), la toxina botulínica (botulismo), la infección por Francisella tularensis (tularemia), y las fiebres hemorrágicas ocasionadas por los filovirus (Marburg y Ebola) y por el grupo de los arenavirus como Lassa (Fiebre de Lassa).

Los agentes biológicos pueden ser usados en situaciones bélicas, atacando a seres humanos, animales o vegetales con el fin de destruir fuentes de abastecimiento, o para crear terror y diezmar a la población. Estos agentes biológicos utilizados pueden usarse tal cual (procesos de baja tecnología) o pueden ser modificados mediante métodos biotecnológicos para obtener agentes con características genéticas nuevas y más potentes (alta tecnología).

El empleo de las armas biológicas no es algo que se ha originado en el siglo XX, sino que se remonta a épocas muy anteriores. La primera documentación del uso de materiales biológicos se remonta al siglo VI a.c., cuando los asirios envenenaron pozos de agua del enemigo con ergotamina, producida por el cornezuelo del centeno. Además, persas, griegos y romanos contaminaban pozos y fuentes de agua con cuerpos de personas y animales muertos con enfermedades contagiosas para erradicar la población de la zona. Más tarde, fueron las grandes potencias las que las usaron. La utilización del virus de la viruela como arma biológica fue realizada por vez primera por el Ejército Británico en contra de los nativos norteamericanos entre 1754-1767. En esta contienda, los soldados británicos distribuyeron mantas que habían sido utilizadas por enfermos con viruela entre los nativos matando hasta 50% de las tribus afectadas. Más aún, la conquista del “Nuevo Mundo” ejemplifica el efecto de la introducción de un agente infeccioso en una población susceptible. En esa época, la diseminación del virus de la viruela entre las poblaciones azteca e inca tuvo un profundo impacto y fue un factor decisivo para facilitar la derrota de éstos. Con el descubrimiento de la vacuna contra la viruela por Edward Jenner y el siguiente desarrollo de vacunación, la amenaza de utilizar la viruela como arma biológica disminuyó considerablemente.

En el siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial, los agentes Bacillus Anthracis o Burkholderia mallei fueron usados por los alemanes para contaminar ganado vacuno que fue exportado a Rusia. Además, los japoneses fueron pioneros en el uso de armas bacteriológicas a gran escala, desarrollando armas biológicas durante desde 1932 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue así responsable de epidemias con Vibrio cholerae, Shigella spp., B. anthracis y Y. Pestis en diversas regiones de China. De esta forma, pulgas contaminadas con Y. pestis fueron dispersadas mediante aviones, considerándoles responsables de múltiples brotes en China.

En Estados Unidos (EEUU) la producción de armas biológicas comienza en 1942 con la producción de bombas que contenían esporas de B. Anthracis. En los años siguientes a la guerra contra Corea (1950-1953) el gobierno de EEUU fue acusado en múltiples ocasiones de la utilización de armas biológicas durante el conflicto. Por su parte, EEUU acusa a la Unión Soviética de la utilización, en lugares como Laos (1975), Kampuchea (1979) y en Afganistán (1979), de micotoxinas producidas por Fusarium spp (lluvia amarilla).

Como consecuencia de la tensión generada en estos años de la Guerra Fría entre Rusia y EEUU, se genera una Convención Internacional, en 1972, cuyo fin es la prohibición del desarrollo, producción y almacenamiento de armas biológicas. El tratado que resultó de dicha convención se firmó por más de 100 países incluyendo EEUU y la Unión Soviética. En 1970, el presidente Richard Nixon “detiene” la producción de armas biológicas en EEUU, y se procede a la “destrucción total” de dicho arsenal en 1972. Sin embargo, a pesar de la aprobación de dicho tratado por la Unión Soviética, la sospecha internacional de la continua producción de armas biológicas por el gobierno soviético se incrementa debido a una epidemia de ántrax en abril de 1979 entre civiles que viven cerca de una base militar en Sverdlovsk, Rusia.

Otro país que, se considera, desarrolló un ambicioso programa para la elaboración de un gran número de armas biológicas es Irak. Después de la guerra del Golfo Pérsico, oficiales iraquíes admitieron haber desarrollado un programa que incluía la producción de toxina botulínica, rotavirus, aflatoxinas, micotoxinas y ántrax como agentes de destrucción. No existe hasta este momento evidencia alguna de que ninguno de estos agentes fuera utilizado durante la guerra del Golfo Pérsico. Debido a la presión internacional, el gobierno de Irak firmó en 1972 la Convención de Armas Biológicas, a la que se adhieren hoy 118 países, bajo el lema “Nunca desarrollar, producir, acumular, adquirir o retener armas biológicas” y notificó la destrucción de su arsenal de armas biológicas, no obstante, posteriormente, dudas de organismos internacionales obligaron a la destrucción de plantas de producción de armas biológicas por la Comisión de Seguridad de las Naciones Unidas.

A lo largo de la historia, como ya hemos podido observar, epidemias ocasionadas por agentes infecciosos han tenido un gran impacto en la conformación del mundo actual. Las grandes transiciones demográficas en los tiempos modernos se han debido a las grandes epidemias ocasionadas por agentes infecciosos como la plaga bubónica. Las epidemias de peste, ocasionadas por Yersinia pestis, tuvieron un gran impacto en la humanidad. La primera de ellas se inició en Egipto en 541 a.c. y acabó aproximadamente con 60% de las poblaciones en el norte de África, Europa y en el centro y sur de Asia. La segunda epidemia de peste ocurrió en Europa durante el siglo XIV (se inició en 1346) causando la muerte a entre 20 y 30 millones de personas.

DANGER

Sin embargo, es el siglo XXI el siglo en el que el bioterrorismo se ha convertido en una gran amenazas, ya que en este siglo en el que se han conseguido los mayores avances en ingeniería genética. Alterar los genes de agentes infecciosos para proporcionarles capacidades mortíferas se ha convertido, según algunos expertos en genética molecular, en un juego de niños. El genoma contiene las instrucciones de todos los procesos que tiene lugar en todo organismo vivo, desde un germen a un ser humano. Con las herramientas disponibles en la actualidad, se puede determinar los genes que proporcionan a un patógeno mayor virulencia incluso aquellos que le proporcionen resistencia a tratamientos. Con los instrumentos biotecnológicos adecuados y con un “cortar y pegar”, se puede generar un nuevo agente candidato a convertirse en una potente arma bioterrorista. Extrayendo del ADN de una bacteria el gen que contiene la característica buscada, por ejemplo un gran potencial infectivo, copiarlo e introducirlo en el genoma de otra bacteria letal, pero poco contagiosa, la bacteria resultante suma las características de las progenitoras, gran capacidad para propagarse y letal. Los especialistas en armamento biológico advierten de los peligros de un mal uso de esta ciencia que permite “jugar con los genes como si se tratara de piezas de un puzzle con multitud de combinaciones posibles”.

Debido a esto, en este siglo, el bioterrorismo supone una amenaza a la seguridad global y a la salud pública. Tanto el virus de la viruela como el Bacillus anthracis, agente causante del carbunco (antrax) permanecen en el punto de mira. De hecho, el ántrax, ya provocó varios muertos a través de sobres contaminados con este agente tras la catástrofe de las Torres gemelas del 2001 en EEUU. Ya en 1958, el premio Nobel de medicina Joshua Lederberg, por sus descubrimientos en el campo de la genética, dijo que «es indudable que existe el potencial para diseñar y desarrollar agentes infecciosos mediante la manipulación genética ante los que no hay defensa posible».

En este escenario, sin pretender ser apocalípticos, no es descabellado y parece bastante apropiado decir que por la propia debilidad e irresponsabilidad del ser humano “El hombre tiene en su mano acabar con el propio hombre”.

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