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¿Qué es lo que nos diferencia del resto de los seres vivos? ¿Qué es lo que nos define como humanos? ¿Qué es, en definitiva, lo que constituye nuestra “esencia”?

Es ésta una de las preguntas más antiguas de la historia de la humanidad  aunque, desde los tiempos de los griegos clásicos hasta nuestros días, ha adoptado muy diversas formas. Siendo más diversas aún, las respuestas que se le han dado. Pero la solución definitiva aún aguarda.

Afirma el poeta inglés Coleridge que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos. Para los primeros las ideas son meras generalizaciones de observaciones puntuales, lo importante son los individuos, los hechos concretos. Los segundos consideran que las ideas tienen entidad real; que lo fundamental son los universales, los conceptos abstractos. Para un platónico existiría un concepto unificador, que trascendería la heterogénea individualidad de cada uno de los miembros de una especie, y, por tanto, unos atributos propios, “esenciales”, de éste. Por el contrario, para el aristotélico, no existirían más que un conjunto de individuos que comparten algunos rasgos comunes y se diferencian en otros. Siendo la única razón para agruparlos en un concepto de mayor jerarquía, como el de especie, el que se asemejen más entre sí que con otros animales.

Resulta innegable que hasta la edad moderna el predomino fue de los platónicos. Así, el hombre fue considerado desde los tiempos clásicos como un ser diferente, y superior, al resto de seres vivos. Dotado de cualidades únicas, como la mente racional, el lenguaje o el alma inmortal. Las discusiones en torno a la naturaleza exacta de estas cualidades o a su origen fueron inagotables, pero rara vez se puso en duda su existencia. El ser humano ocupaba una posición central y privilegiada en el universo.

Pero este modelo antropocéntrico pronto se vio atacado. Quizás el primero que le asestó un golpe fatal fue Copérnico. Con su modelo heliocéntrico del sistema solar desplazó a la Tierra del centro del mismo, para relegarla a una posición secundaria junto a los demás planetas.

De acuerdo, la Tierra había dejado de ser el centro del universo. Pero, al menos, el hombre sí era la cúspide de todo el reino animal. En 1758 Linneo estaba componiendo su Sistema Naturae, una vasta clasificación de todos los seres vivos en especies, géneros, familias, órdenes y demás, que ha perdurado en buena medida hasta nuestros días. Tuvo entonces que enfrentarse a la decisión de dónde situar al ser humano dentro del magno esquema de la naturaleza. Optó por una solución de compromiso. Lo colocó junto a los demás animales, cercano a los primates, pero en lugar de ofrecernos, como para todos estos, una pormenorizada descripción de sus características morfológicas, sentenció únicamente con la máxima socrática: nosce te ipsum (conócete a ti mismo). Es decir, que si bien éramos un animal más, no éramos totalmente como el resto. Ocupábamos un lugar claramente diferenciado en la naturaleza.

Tuvo que pasar un siglo hasta la llegada Darwin, que definitivamente acabó con este otro mito del antropocentrismo. El ser humano pasó a no ser más que otro animal, descendiente de los primates, y más emparentado con estos que ellos con las vacas, por poner un ejemplo. Aún peor, la evolución no era algo dirigido hacia un perfeccionamiento y complejidad crecientes que debía acabar desembocando irremisiblemente en nuestra especie, sino que se guiaba únicamente por la selección natural. Es decir, que los que sobreviven y trasmiten sus genes a la descendencia son los mejor adaptados al ambiente en un momento dado. Y como éste varía continuamente de forma aleatoria, la conclusión inevitable es que la evolución no tiene una dirección preestablecida, una finalidad.

Estas ideas acabaron siendo aceptadas. Pero los científicos continuaron preguntándose acerca de qué es lo que diferencia al hombre del resto de los animales ¿Es esta diferencia una cuestión de grado simplemente o existe realmente un salto cualitativo?

Pronto se estuvo de acuerdo en que la clave de la diferencia de nuestra especie con el resto de sus parientes estaba en el cerebro. Así, muchos se dedicaron a estudiar su anatomía y a compararla con la de otros primates. Lo primero que resulta evidente es el tamaño, el gran tamaño de nuestro cerebro. Un chimpancé de peso similar a un humano medio tiene un cerebro cuatro veces menor (300 cm3 frente a 1300 cm3, de media). Este gran aumento de masa cerebral se debe principalmente a la corteza (la parte más superficial del cerebro, exclusiva de los mamíferos, y donde residen la mayoría de las funciones cognitivas). Sobre todo de su región anterior, o “prefrontal”. Pero ahí terminan las grandes diferencias, ya que la estructura de nuestro cerebro y el de los chimpancés es prácticamente idéntica. Estos datos anatómicos parecen sugerir que lo que nos diferencia de nuestros parientes más próximos sólo es una cuestión de cantidad: mayor cerebro, más superficie de corteza, mayor número de neuronas.

Sin embargo, las cosas no podían ser tan sencillas. De los estudios de comportamiento, la conclusión que parece desprenderse es justo la opuesta. El ser humano exhibe una serie de comportamientos que parecen muy alejados de los de cualquier otro animal: tiene un lenguaje enormemente amplio y complejo, construye y emplea multitud de herramientas, se comporta de forma que podríamos llamar “voluntaria” frente a la conducta aparentemente “mecánica” o instintiva de los animales, tiene capacidad de imaginar y de razonar, es consciente de si mismo.

Muchos estaréis pensando que este argumento es definitivo, que existe una distancia abismal entre todos estos caracteres propios de nuestra especie y el comportamiento de cualquier otro animal. Pero, un momento, ¿nos comportamos de forma tan diferente como parece a simple vista, o tienen los animales comportamientos equivalentes a los nuestro pero bajo formas algo distintas? Pues la respuesta es que sí, al menos para algunos de ellos. Chimpancés y orangutanes, entre otros, ‹‹fabrican››herramientas: palitos para sacar termitas de sus agujeros, piedras para abrir frutos duros, etc; ¡y se lo enseñan a sus hijos! Muchos animales, desde primates a palomas, parecen tener “consciencia de si mismos”, pues si les pintas una mancha de color y los pones frente a un espejo enseguida se tocan en el lugar de la misma para ver si  tiene algo (‹‹se reconocen››). Los cuervos son capaces de resolver problemas de lógica, como emplear poleas para hacerse con trozos de comida. Está demostrado que los gorilas no solo tienen su propio lenguaje sino que pueden aprender incluso a construir sencillas oraciones ¡en el nuestro!

Llegados a este punto puede parecer que estamos completamente perdidos. El análisis del comportamiento no nos dice nada muy claro. Además, existen muchos que ni siquiera podemos investigar, ¿quién puede decir que nuestro perro no tiene sueños, no se imagina protagonista de emocionantes aventuras caninas? Pero, ¿dónde reside la base del comportamiento sino es en el cerebro? Así que acudamos allí a ver que sucede.

Quedamos en que nuestro cerebro y el de los otros primates es muy parecido sólo que más grande, especialmente la región conocida como corteza prefrontal. Mas, ¿qué relación hay entre estas diferencias y las conductuales? Una prueba reveladora vino dada por el sorprendente caso de Phineas Gage. Phineas sufrió un accidente en el que una barra de metal de tres centímetros de diámetro le atravesó el cráneo entrando por una de las orbitas oculares. Sorprendentemente, no sólo no murió sino que al cabo de dos meses parecía completamente recuperado. Sin embargo algo en su personalidad había cambiado de forma radical. Si antes del accidente era considerado un hombre responsable, sensato, perseverante en sus objetivos y eficaz capataz de obreros; tras éste, su carácter cambió. Se hizo impulsivo, irreverente y grosero,  incapaz de llevar a cabo ningún tipo de plan o de controlar su estado emocional. Pero sus otras facultades mentales apenas resultaron afectadas. Muchos años después, el neurocientífico Antonio Damasio, reconstruyó la lesión que habría sufrido, concluyendo que habían sido seriamente dañados los lóbulos frontales, especialmente en su parte más anterior, la corteza prefrontal. Esto le llevo a proponer la relación de este área cerebral con funciones tales como la toma de decisiones o la regulación de las emociones.

El caso de Phineas Gage constituyó una de las primeras pruebas empíricas de la clara relación causal entre el cerebro y aquellas funciones cognitivas denominadas “superiores”, consideradas, en muchas ocasiones como exclusivas del ser humano. ¡Por fin se hacía luz! La solución era la corteza prefrontal. Estructura que alcanza el mayor  grado de desarrollo en nuestra especie.

Se le otorgaron una serie de funciones englobadas bajo el epíteto de “ejecutivas”  tales como: la planificación de la conducta a largo plazo, la evaluación de las consecuencias de nuestras acciones, la integración de la información procedente de los sentidos con la almacenada en la memoria y la de contenido emotivo, la memoria “de trabajo” (la que almacena la información que necesitamos retener para la ejecución de una tarea inmediata), etc.

Las complicaciones aparecieron cuando se empezó a estudiar en detalle la estructura de esta región en busca de las diferencias a nivel neuronal que sustentarían las características antedichas, y que constituirían el verdadero sustrato biológico de la “esencia humana”. El problema es que estas diferencias no se han encontrado, más allá de algunos pequeños detalles. La estructura de la corteza prefrontal es igual a la del resto de áreas corticales (seis capas ordenadas) y prácticamente idéntica a la del resto de primates: los tipos celulares no varían sustancialmente y las conexiones con otras áreas no han cambiado.

¡Pues no hemos avanzado mucho! Tenemos una serie de funciones cognitivas que parecen cualitativamente distintas en nuestra especie respecto a todas las demás, cuya responsable es una estructura cerebral en la que en parece que las únicas diferencias son cuantitativas (de tamaño). Ante esta aparente paradoja, la respuesta de muchos científicos ha sido argumentar que estas funciones que nos resultan tan distintas sólo lo son en apariencia; y que, si lo analizamos en profundidad, existe únicamente una diferencia de grado entre la conducta y capacidades humanas y las del resto de los animales. Nosotros vamos a proponer otra posible solución.

En la naturaleza existen muchos sistemas complejos, desde células a galaxias, pasando por ecosistemas y cerebros Se caracterizan por estar integrados por numerosos componentes relativamente simples (moléculas, estrellas o neuronas) y por exhibir propiedades colectivas que son diferentes de las que podríamos esperar simplemente sumando las características de cada uno de sus elementos constituyentes. A estas propiedades del conjunto, que surgen de la interacción de cada una de las partes del sistema cuando están formando un todo, las llamamos “emergentes”. Un ejemplo característico de la aparición de este fenómeno es una colonia de hormigas. El comportamiento de cada una de estas por separado es relativamente simple, pero si en vez de una sola tomamos unas pocas de ellas, digamos unas cuantas decenas, su comportamiento no variará ostensiblemente, siendo en todos los casos bastante desorganizado. Sin embargo, cuando su número supera determinado umbral, repentinamente surgen nuevos comportamientos, que podemos llamar auto-organizados, ya que no están comandados por ninguna entidad central (no hace falta una reina para que aparezcan).

Este hecho, la aparición de nuevas propiedades al aumentar el nivel de complejidad de un sistema, es muy común en biología. Pensemos en el organismo animal. Un conjunto de orgánulos independientes (mitocondrias, lisosomas, etc) funcionará de determinada manera (la mitocondria oxidará azúcares, los lisosomas degradarán sustancias, etc.) pero si estos se integran junto con otros dentro de una célula aparecerán nuevas funciones (la cadena respiratoria por ejemplo). A su vez, si distintos tipos celulares se unen para formar un órgano, éste tendrá propiedades que no estaban presentes (ni resultaba posible predecir) en las células originales (bombeo de la sangre, intercambio de gases, etc.)

Al fin llegamos a poder justificar cuál es nuestro argumento. El cerebro de los mamíferos (o más en concreto la corteza, o aún más, la corteza prefrontal) realiza determinadas funciones. Al aumentar en la evolución el número de neuronas (sus elementos constituyentes) se pudo superar cierto nivel de complejidad a partir del cual aparecieron nuevas propiedades emergentes. O dicho con otras palabras: un cambio cuantitativo (incremento del número de neuronas) fue la causa de otro cualitativo (las funciones cognitivas exclusivas de los humanos). He aquí la solución a nuestra paradoja.

Por último nos gustaría añadir un pequeño corolario. Otra característica fundamental de los sistemas complejos, además de exhibir propiedades emergentes, es la flexibilidad. El hecho de que pueden adaptarse a condiciones muy variables y dispares. A diferencia de otros sistemas más rígidos, con una estructura más sencilla, que pueden estar muy optimizados para desarrollar una función concreta pero difícilmente salirse de ella. Como ejemplo pensemos en una calculadora y un ordenador. La primera puede hacer cálculos de forma muy rápida y consumiendo muy poca energía (es, por tanto, más eficiente que el ordenador). Sin embargo, el segundo, además de calcular, puede realizar multitud de otras tareas, ya que su estructura más compleja (aunque, básicamente, integrada por los mismos elementos) le permite desarrollar más funciones, o adaptarse a diferentes demandas por parte del usuario.

Una de las características que más se ha incrementado en la evolución de los mamíferos hasta el ser humano es, precisamente, la flexibilidad de la conducta. Frente a otros animales que carecen de corteza, como los reptiles, u otros bastante más alejados como los insectos, los mamíferos tienen comportamientos más versátiles, menos estereotipados. En el caso de nuestra especie, nuestra conducta parece estar más desligada de lo puramente “instintivo” que la de otros mamíferos. O de forma más precisa, los seres humanos podemos (no es que seamos los únicos animales capaces de ello, pero sí que tenemos una capacidad mucho mayor) evitar responder a un estímulo de forma inmediata, y evaluar las posibles consecuencias futuras e implicaciones de nuestra acción, para acabar eligiendo no llevarla a cabo. Por ejemplo, si tenemos mucha hambre y encontramos un panal de miel, podemos escoger no comérnoslo entero, sino guardar parte para cuando volvamos a tener necesidad en días siguientes. Pero no sólo esto, que muchos animales también harían, sino que podríamos pensar en sacarle más beneficio del panal si nos lo guardamos entero y se lo cambiamos a nuestro vecino por pan y queso, que tiene en abundancia mientras que carece de miel. Esta capacidad de planificación a largo plazo y evaluación de las consecuencias futuras de una acción (que, si recordamos, se cuentan entre las atribuidas a la corteza prefrontal) nos habría permitido responder de una mejor forma a una condición novedosa (la existencia de nuestro vecino).

Quizás la respuesta a nuestro enigma sea precisamente esa. Que la característica  definitoria de la especie humana, aquello que más nos diferencia del resto de animales, sea nuestra enorme versatilidad, la gran flexibilidad de nuestra conducta y la plasticidad de los circuitos cerebrales que a ella subyacen.

Quizás, como dijo Simone de Beauvoir, seamos l´être dont l´être est de n´être pas, el ser cuya esencia está en no tener esencia.

Antonio Fernández Ruiz

Bibliografía y fuentes de información

  • Damasio, H. et al. The return of Phineas Gage: clues about the brain from the skull of a famous patient. Science, Vol 264, 1102-1105, 1994.
  • Fuster, J. The Prefrontal Cortex—An Update: Time Is of the Essence. Neuron, Vol. 30, 319–333, 2001.
  • Krubitzer, L . In search of a unifying theory of complex brain evolution.Annals New York Academy of Sciences. 1156, 44-67,  2009.
  • Sporns, O et al.Organization, development and function of complex brain networks. Trends in Cognitive Sciences, Vol 8,418-425, 2004.
  • Taylor, S.P. y McKinney, L. M.Origins of Intelligence: The Evolution of Cognitive Development in Monkeys, Apes, and Humans. Johns Hopkins University Press. Baltimore, 1999.
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